30 octubre 2009

Malparaíso




Malparaíso, el inmenso valle maldito de la Llanuras Arcaicas, despidió a la Tres Lunas que fueron engullidas por el inmenso sol, como si de una ballena milenaria se tratara. El sonido de los insectos nocturnos desapareció con ellas, cobijándose en sus respectivas guaridas, hechas de lodo y miedo. Las plantas saludaron al rocío y los depredadores comenzaron la cacería, ajenos totalmente a los que dormían dentro de la choza guarecida bajo el más inmenso árbol que ningún gurú pudo haber visto en sus sueños.

Los durmientes, un hombre y una mujer adultos acompañados de una hermosa niña, retozaron bajo las pieles de mamut blanco, hasta que la mañana despertó primero a Helena, que, irguiéndose, estiró los brazos, desperezándose en silencio para no despertar a sus compañeros de viaje. Se levantó, sigilosa, y salió de la cabaña con un cuenco de barro para recoger el agua que brotaba del manantial, donde por la noche habitaban los fuegos fatuos.

Helena.

Helena Encadenada era su nombre. Encadenada a unos recuerdos, a unos deseos, encadenada a una vida que marchaba hacia atrás irremisiblemente, una vida donde los más débiles pasarían de ser hombres a niños, de niños a fetos y éstos a convertirse en moléculas... y luego nada. ¿No era esto lo que le estaba ocurriendo a la pequeña Emeralda? La dulce niña que yacía en la choza junto a Calévala, el hombre que las guiaba por las Llanuras Arcaicas. Emeralda se consumía cada día que pasaba, ¿y no estaba empezando a sucederle a Calévala y a ella misma? La civilización se ha derruido y los bosques vuelven a brotar, hacía ya unos días que vieron volar a un dragón. ¿Cuántos decenios pasaron desde que se vio el último de los dragones?

En el manantial, Helena bebió de su rostro inundado, su cabello largo y oscuro mojaron las puntas en ella, cerrando sus siempre sorprendidos ojos, mojando la diminuta nariz y absorbiendo con gruesos labios de deseo. El agua... la última vez que vio el mar las olas iban hacia el horizonte, no a la orilla, sino de forma inversa, escapando de ella.
Recogió el agua y volvió sobre sus pasos. Cuando llegó al claro donde se hallaba la choza descubrió a Calévala en pie, al verla se lanzó sobre ella, cogiéndola con sus rudas manos por los brazos.
-¿Dónde demonios te habías metido? - preguntó, sobresaltado, mirándola con desesperación a los ojos.
Helena sonrió y echó una mirada al cazo con agua, el hombre hizo lo mismo y al comprobar la razón de su marcha se disculpó, soltándola y dándole la espalda, simulando, una vez más, la frialdad que quería que todos vieran en él.
-No tienes que disculparte, me siento halagada al saber que te preocupas por mí.
-Lo hago por Emeralda.
Helena quiso reprocharle algo pero se contuvo, llevando el cazo a un rincón de la tienda, depositándolo en el suelo. No era nuevo que Calévala ocultara sus sentimientos, sobre todo desde que hicieron el amor por primera vez, allá, en las Tierras Desoladas, semanas después de conocerse, pero Helena tenía la impresión de que el guerrero quería transmitirle el absurdo mensaje de que si copulaba con ella era simplemente para cumplir el deber de todo hombre cuando pasa tanto tiempo junto a una mujer. Helena no lo creía así, aunque podía llegar a comprender a su compañero de viaje, ya que el código de honor de todo Guerrero Ancestral prohibía que éste llegara algún día a enamorarse.
-¿Quieres encender el fuego? - preguntó la chica cuando todavía no había descubierto que ya lo estaba haciendo. Contempló la figura y los impresionantes músculos que el hombre poseía. Era una persona inmensa de larga cabellera y facciones duras e intransigentes, pero aún así era capaz de moverse de manera grácil, dulce y pausada. Helena sintió deseos, pero pronto los apartó de sí para entrar en la choza, quería comprobar si la suave niña de ojos verdes ya había despertado.
-Emeralda...-la llamó - cariño, despierta...
La niña inundó a Helena con su mirada profunda e hiriente y luego saltó a abrazarla. La mujer sintió una tremenda punzada de dolor en sus vísceras, Emeralda estaba destinada a desaparecer, como todos ellos, si antes no encontraban el Bosque de los Elfos Errantes, donde el tiempo era inmaterial, aunque los elfos se hubieran convertido en seres violentos, descarnados y sanguinarios, como las noticias anunciaban. Ellos tres llevaban ya muchos meses en la búsqueda de su tierra, en busca de respuestas, respuestas que podrían hallarlas donde vivía el Mago, en el corazón del Bosque, que los Elfos Errantes nunca podrían traspasar.
-¿Hemos de marcharnos ya? - preguntó la niña con la dulce voz que encantaba los oídos de quienes la escuchaban.
-En cuánto hallamos repuesto energías, Calévala ya está encendiendo el fuego.
Emeralda dibujó una mueca de resignación y se puso en pie. Helena estaba a punto de salir de la tienda cuando la pequeña la detuvo.
-¿Voy a desaparecer, verdad?
Helena la miró, quiso transmitirle serenidad, pero tan sólo pudo mirarla. Su voz se quebró y no había forma de que saliera.
-Y vosotros también - continuó la niña - tú y Calévala. Cada día os veo más jóvenes.
-Emeralda...
-No importa Helena, no hace falta que digas nada, brilla la evidencia.
Al decir esto pasó por debajo de su cuerpo y salió al exterior, fuera se pudo escuchar el saludo del guerrero mientras Helena permanecía dentro enterrando su rostro en las manos, recordando el día, tanto tiempo atrás, en que encontró a Emeralda. Por entonces era una preciosa adolescente, ¿y ahora? Ahora todo aquello había desaparecido, y las olas huían de la orilla del mar. Aspiró una gran bocanada de aire y la contuvo, relajándose. Cuándo creyó que ya lo había conseguido salió de la choza. Allí estaba Emeralda, sentada frente al fuego, juntas las rodillas contra el pecho, parecía ensimismada, contemplando los destellos de las llamas alzarse y caracolear las unas con las otras, mientras, Calévala vertía en el cazo las hierbas alimenticias que siempre llevaba encima.
Sí, no podía desecharlo de su cabeza, cuando se conocieron, Emeralda era una bella adolescente, ahora no aparentaba más de diez años. Helena se sentó junto a la niña y le acarició el pelo mientras miraba el bosque, contemplando el fuerte verde de los árboles milenarios. Las hojas susurraban frotándose las unas contra las otras, y a veces se oían gritos, de algún animal cazando a un ser más débil.
-¿Hacia dónde nos dirigimos? - preguntó Helena a la figura del hombre acuclillado en el suelo, preparando el brebaje. Calévala miró al cielo y no dijo nada. Tan sólo habló Emeralda.
-¿Por qué no lo dejamos? Creo que deberíamos aceptar nuestro destino, yo... yo cada vez me siento más débil y noto cómo mi cerebro mengua, creo que pronto no podré razonar, aunque ahora lo haga de forma coherente, como corresponde a mi edad. A mi edad real.
La niña lanzó una rama al fuego, ésta crepitó dentro de él. Helena, mientras tanto, se levantó, frustrada, y se alejó un poco de ellos.
-¿Hemos de desfallecer ahora? Llevamos meses buscando.
-Exacto - dijo Emeralda.-Demasiado tiempo, creo yo.
-Calévala. ¡Habla! Cuánto camino nos queda, o tú también desistes.
-Ni siquiera sabemos si existe el Bosque de los Elfos Errantes - dijo el Guerrero Ancestral.
-¡No puedo creer lo que estoy oyendo! - se desesperó Helena - ¡Eres un Guerrero Ancestral! Un mercenario sin reino al que servir y que se aliaba con los que más pagaban, seguro que has recorrido el mundo entero en todos sus planos dimensionales.
Calévala se irguió y fue hasta la chica, encarándose a ella.
-Me alié con los piratas del Mar Oscuro para conquistar las Tierras Impías, estuve con los elfos de los bosques de Mitágoras, con los hombres del rey Astracan y con los enanos de las Montañas Duras. Efectivamente, he recorrido el mundo entero y nunca he visto ningún bosque de los Elfos Errantes.
-¡Pero existe!
-Cada vez estoy menos seguro.
Helena alzó un brazo para golpear al hombre pero éste la detuvo, la agarró con una mano y con la otra le rodeó el cuello, la chica comenzó a emitir sonidos guturales ante la expresión de ira contenida del guerrero.
-De acuerdo. ¿Por qué no os matáis entre vosotros? - dijo la niña detrás de ellos. Y ante esto Calévala se relajó, soltando a Helena, que se lanzó a correr al encuentro de Emeralda, bajando al suelo y abrazándola.
-Si quieres marcharte vete, yo nunca te pedí que nos acompañaras - le gritó Helena al guerrero.
-Y te enfrentaras a los orcos a salivazos, cuando los encuentres.
La chica lanzó un grito de rabia y Emeralda se zafó de ella, metiéndose en la tienda de nuevo.
-A veces creo que tu único propósito en éste viaje es acostarte conmigo.
Calévala guardó silencio.
-¿Ni tan siquiera lo desmientes?
-Será mejor que bebas tu ración, a ver si te tranquilizas.
-Sólo quiero que le des esperanzas a ella.
-Tú y yo también retrocedemos.
-Pero de forma más lenta.
Un bramido rompió el cielo y el sol se oscureció por momentos. Un dragón majestuoso, de escamas de oro negro, desplegaba sus alas imponentes rasgando el aire, blandiendo su cola de punta mortífera y clamando a los dioses su existencia. Helena y Calévala se miraron.
-Ya no quedaban dragones - anunció ella con voz melancólica, mirando al guerrero, buscando un camino, una ilusión que cada vez más parecía sumirse en una gruta de podredumbre hambrienta.
El hombre se agachó y bebió del cazo su contenido. Mirando al infinito dijo:
-Acaba de formarse otro mundo, y para que éste avance, para que su historia prosiga, nosotros debemos retroceder, al igual que otro mundo paralelo tuvo que consumirse para que nosotros continuáramos procreando, al menos esto era lo que los antiguos libros de los magos que regían el destino anunciaban. Los leí donde nací, no me preguntes cuando fue, en el lago Milaguas. Nunca creí en nada, por entonces ya se estaba forjando un Guerrero Ancestral. Quien sabe si los Elfos Errantes son tan sólo elfos que han retrocedido en su evolución a su estado más primitivo, y, aunque sienta profundamente decirte esto, creo que nada puede salvarnos ya.
Helena agachó la cabeza e imaginó las olas lanzarse al horizonte, las aves convertirse en huevos, los árboles en semillas y el agua en hielo.
-¿Qué nos queda? - preguntó Helena mientras Calévala le daba la espalda.
-¿Qué nos queda? - insistió alzando la voz, turbando los árboles.
-¿Qué nos queda? - de nuevo, dirigiendo su lamento a los dioses que regían el destino.
Y Calévala no pudo contestar. Sólo lloraba.



La noche se hizo otra vez en Malparaíso y ahora las Tres Lunas eran las guías de los dragones que surcaban el universo en busca de su especie renacida. En la choza aún habitaban los tres seres desesperados, durmiendo, a excepción de Emeralda que, tumbada de costado, intentaba intuir su mano de entre la oscuridad, su pequeña mano. Su consumición se aceleraba y cada vez se hacía más niña, aunque su cerebro parecía ofrecer mayor resistencia, y aquello era lo más duro, si al menos fuese también ingenua... Había veces, como aquella, que se lamentaba de no haber podido saborear los placeres que su cuerpo estaba a punto de ofrecerle, cuándo todo volvió para atrás. Incluso ahora, en ocasiones, sentía deseos carnales, sobre todo hacia Calévala, pero su mente estaba atrapada en un cuerpo de una niña de diez años. Y ya estaba cansada de buscar. Quería permanecer allí, esperando a que todo acabara, y no creía que tardase mucho en llegar ese final. Por favor que no tarde...
Sus vacilaciones se vieron rotas cuando Calévala se levantó y salió de la tienda, a buen seguro que creía que ella estaba durmiendo. Emeralda fue tras él, comprobando antes que Helena seguía profundamente abrazada a Morfeo. Cuando salió encontró al guerrero de pie, en medio del claro, contemplando las Tres Lunas, con una daga en la mano. La niña se acercó a la poderosa figura. Cuando el hombre notó su presencia, habló.
-¿Quieres ver a un Guerrero Ancestral llorar?
-Te he visto hacerlo muchas veces.
-Y no quiero seguir haciéndolo. Creo que me he vuelto débil.
-¿Qué quieres hacer?
-No puedo seguir aquí, no quiero ser como... como
-¿Cómo yo?
-Me he estado engañando a mí mismo creyendo que hallaríamos el Bosque de los Elfos Errantes. Y si existiera ¡Qué! Allí todo sería igual. Lo siento Emeralda, lo siento por ti y por Helena, sé que soy egoísta, pero no puedo hacer otra cosa, aquí estáis bien, os encontráis a salvo, no hace falta que os mováis, que sigáis viajando, tan sólo tenéis que esperar. Yo, por mi parte, estoy derrotado, y siguiendo el juramento de un Guerrero Ancestral, no puedo permanecer arrodillado, lo siento.
Dicho esto posó la daga sobre su vientre, pero Emeralda se la apartó, le pidió que se arrodillara, que se pusiera a su altura. Con las manos le secó las lágrimas y le apartó el pelo de la cara, le acarició.
-Cuánto sufres...-le dijo. Y acercó sus labios a los de Calévala, besándolo, un beso largo, dulce, prolongado, y mientras lo hacía le cogió la daga, abriéndole los dedos de la mano con delicadeza, la empuñó y la clavó en el duro corazón del Guerrero Ancestral. Este no lanzó ninguna exclamación, continuó besando a Emeralda, aún cuando su boca se llenó de sangre, aún cuando llenó también la de la niña. Despacio, todo comenzó a perder consistencia para Calévala, todo se sumía en un suspiro, hasta que su espíritu se elevó, alzándose a lomos de un dragón dorado que lo llevaría más allá de la cara oculta del universo, donde habitaban sus antiguos compañeros.
El cuerpo del guerrero cayó al suelo en un golpe sordo y Emeralda escupió la sangre que tenía en la boca. Había hecho lo que él quería, aunque no sabía muy bien por qué, sintió como si el espíritu de Calévala le hubiera inducido a ello, pero aún así se sintió desolada y perdida y se lanzó al cuerpo del guerrero para llorarlo. Helena salió de la tienda, y perdiendo la serenidad fue a reunirse con ellos, arrancando la daga del corazón, como si haciendo esto lo reanimara, pero consiguiendo tan sólo que brotara una fuente de sangre. Apartó a la niña de él, que también estaba ensangrentada, la cogió en brazos, besándola y llorando, mientras Emeralda tan sólo contemplaba el cuerpo inerte, sintiendo envidia del guerrero abatido.
-Yo cuidaré de ti - le susurraba Helena, pero Emeralda sabía que ya nada podría hacerlo.


Recortándose en las dunas del desierto se dibujaban las figuras de una chiquilla de no más de quince años sosteniendo a un bebé sobre sus brazos. El bebé se llamaba Emeralda y hacía ya tiempo que murió deshidratada, pero la chiquilla, Helena Encadenada, no se resignaba a su muerte. Hacía ya muchas estaciones atrás que habían abandonado Malparaíso, dejando el cuerpo de Calévala donde murió. Allí crecería el futuro de la historia, dijo Helena a Emeralda, y puede que no le faltase razón, aunque ellas no lo vieran nunca; porque la figura recortándose en las dunas del Vasto Desierto cada vez se hacía más pequeña, y el bebé en sus brazos ya había desaparecido, y la figura que se recortaba en las dunas era una niñita, de cabello negro y ojos sorprendidos, que un día vio las olas del mar huir de la orilla, tanto tiempo atrás, cuando aún era mujer, aunque ya no recordaba nada, porque su pequeño cerebro había perdido la capacidad de la memoria.

30 septiembre 2009

Bucle



11:54 de la mañana.

Tengo las manos sobre el teclado. El dedo meñique de la izquierda está presionando la tecla “control” y el pulgar la “Alt”. El dedo índice de la derecha está sobre el “Suprimir”.

De nuevo.

11.55 de la mañana.

Mi mujer está viendo la televisión en el salón. Echo la silla del despacho hacia atrás y giro la cabeza, aguzando el oído. Esta situación sólo puede ser producto de otra pelea más.
Me levanto y voy hasta la cocina.

11.58 de la mañana.

Me sitúo detrás del sofá donde está sentada mi esposa. Desconozco lo que está viendo por el televisor. Le coloco una mano en la boca, presionándola fuerte y con la otra utilizo el enorme cuchillo que he cogido de la cocina para cortarle la carótida. La sangre a presión dibuja un bonito mosaico en la pared. Ella lucha, patalea, vuelca la mesita con los pies, pero yo la agarro con fuerza esperando a que su cuerpo quede seco.
El forcejeo cada vez es más débil, el tono de piel más blanco, las ojeras más pronunciadas.

12.01 del mediodía con cuarenta y ocho segundos.

En doce segundos todo habrá terminado.
Diez.
Ocho.
Tres, dos, uno.

11:54 de la mañana.

Tengo las manos sobre el teclado. El dedo meñique de la izquierda está presionando la tecla “control” y el pulgar la “Alt”. El dedo índice de la derecha está sobre el “Suprimir”.

Otra vez.

Levanto las manos del teclado. Limpias y tersas. Sonrío, incluso estoy aliviado. Poso mi vista sobre un pisapapeles con forma de mamut que me regalaron mis compañeros de trabajo hacía un par de años.

11.58 de la mañana.

Le golpeo la cabeza una vez dibujando un amplio arco con el brazo. Mi mujer cae sobre el sofá, sin conocimiento, miro el pisapapeles de mármol y veo que se han quedado pegados unos mechones del pelo. Su pecho sigue subiendo y bajando por la respiración. Camino hasta estar frente a ella, me arrodillo en el suelo y cojo el mamut con ambas manos. Lo levanto por encima de mis hombros.
Y descargo.

12.01 del mediodía con cincuenta y siete segundos.

Cincuenta y ocho.
Cincuenta y nueve.



11:54 de la mañana.

Tengo las manos sobre el teclado.
Gracias a Dios.

11.58 de la mañana.

El hacha de cocina sobre su cabeza le divide el cráneo en dos pero se ha encallado allí, necesito de toda mi fuerza para liberarlo, cuando lo consigo, le trincho el cuello y no voy a parar hasta que la testa se separe del cuerpo.

12.01 del mediodía con cincuenta y nueve segundos.

11:54 de la mañana.

Las manos sobre el teclado. Tengo una prominente erección que hace que me sienta incómodo. Sopeso la idea de masturbarme pero recuerdo el recipiente que tengo en el garaje.

11.59 de la mañana.

Contemplo con creciente curiosidad como se deshace el rostro de mi esposa gracias al efecto poderoso del ácido. Los ojos le han resbalado por las mejillas y comienzo a vislumbrar el hueso nasal. Me hubiese gustado ver la calavera limpia de carne, pero creo que no me va a dar tiempo.

12.01.58
12.01.59



11.54 de la mañana.

El teclado. Mis manos. Tengo el corazón desbocado y el vello de mi cuerpo está de punta. Las ideas se atropellan en mi cabeza, las múltiples posibilidades iluminan el camino a seguir. No creo ser merecedor de la bendición dada. He de apresurarme.
Voy a por el taladro.

12.00 del mediodía.

Esta vez en estos dos últimos minutos comeré algo, bien tendré que alimentarme ¿no? Le doy un bocado a su hígado.

11:54 de la mañana.

La providencia está conmigo. Sigo limpio. Me levanto de la silla y comienzo a quitarme la ropa.

11.59 de la mañana.

Me coloco sus intestinos a modo de bufanda, rodeándome el cuello. He cubierto mi cuerpo desnudo con su sangre. Ella está tumbada en el sofá abierta en canal con los ojos vidriosos todavía abiertos y esa mueca horrible de pánico en sus labios. Un extremo de las vísceras rozan mi pene, excitándome y aspiro profundo el olor que se desprende de ellos.

12.01 del mediodía.

Así estaré hasta que vuelva a estar frente al teclado. Con los ojos cerrados y el miembro erecto.

12.01 del mediodía y cuarenta y siete segundos.

12.01.54
12.01.58
12.01.59

12.02 del mediodía y tres segundos.

Sigo aquí. He asesinado a mi esposa. Con unas tijeras he cortado desde la pelvis hasta el cuello, me he cubierto el cuerpo con su sangre y me he confeccionado un foulard con sus intestinos.
Y sigo aquí.
El cadáver parpadea y se lanza con los dientes por delante hacia mi cuello. El primer mordisco me rasga la tráquea.

12.02 del mediodía y tres segundos.

Sigo aquí. Mi mujer despierta de su muerte y en un instante desgarra con sus manos mi pene, tirándome al suelo, abriéndome el estómago con sus uñas.

12.02 del mediodía y tres segundos.

Sigo aquí. Me ahoga con sus propios intestinos.

12.02 del mediodía y tres segundos.

Sigo aquí, siempre sigo aquí.

08 septiembre 2009

Carne para mirar al sol



No me imaginaba encontrar una sala de espera tan concurrida. Montones de sujetos mediocres posaban sus carnes sobre el plástico de las sillas ensimismados entre la nada y las motas de polvo que festejaban su viaje iluminados por los rayos de sol que entraban de las ventanas. Resignado, me senté, y no pasó más de diez minutos cuando comencé a sentir el típico resquemor que te avisa para que la vejiga sea vaciada. Miro a un lado y a otro, intento localizar el lavabo. No tengo claro si he de ir, lo más probable es que me llamen mientras esté sujetándome el pene.
Decido aguantar.
Ojeo de forma furtiva el periódico que está leyendo el hombre sentado a mi lado. No consigo entretenerme. Hay que evacuar.
Me levanto raudo, cada segundo cuenta. Una vez posicionado delante del orinal empotrado en la pared no veo la hora de mostrar mi verga al blanco mundo de mármol. Noto la corriente entre mis dedos. Cierro los ojos, es un pequeño orgasmo.
Escucho mi nombre a través de los altavoces.
¡Lo sabía!
Intento apurar todo lo que puedo, meto el culo hacia dentro y aprieto con fuerza, el chorro pasa de ser una curvatura a una línea recta, me salpico incluso en las manos.
Vuelven a decir mi nombre.
Creo que he acabado. Me la meto en los calzoncillos, un último chorro tramposo se esparce en ellos. Me abrocho corriendo, me subo la cremallera, me pillo el vello con ella. Salgo. Que voy, ya voy.
Cruzo corriendo la sala, una chica está a punto de entrar, sustituyéndome, cogiéndola del hombro la echo hacia atrás. Me llama cabrón. Yo he ganado.
Me siento en la consulta.
Saludos fríos.
-¿Sabe a lo que viene aquí, verdad?-Me dice el doctor.
Claro que lo sé. Como no voy a saberlo si me empujan a ello.
Me dice que me ponga cómodo, me reclino hacia atrás. Una enfermera le pasa una jeringa llena de líquido con una aguja enorme, de unos quince centímetros y más gruesa de lo habitual. Me la clava entre ceja y ceja, justo al acabar el tabique nasal, en ese hueco que queda. Introduce el acero, centímetro a centímetro hasta llegar a los quince. Siento un ligero mareo, me duele toda la parte izquierda del cuerpo. Cuando aprieta la cánula noto que el líquido me inunda el sentido, tengo sensación de ahogo, pronto pasa, creo que estoy babeando, el aroma a orín de los calzoncillos sube hasta mis fosas. Claro que sabía a lo que venía, si no hablan de otra cosa.
Retiran la aguja.
-¿Y bien? ¿Dónde está?-Me pregunta el doctor.
No sé que quiere decirme, desconozco a que se refiere.
-¿Y la carne?-Insiste.-Debería haberla traído usted.
Oh, sí, la carne, creí que todo lo proporcionaban ellos. Craso error. Le digo que no se preocupe, que voy a por ella.
-No, no, no se mueva, tiene todo el cráneo desencajado. No importa, tengo reservas para casos así.
Se aleja de mí. Vuelve con un taladro y una broca de extremo redondo y dentado, de unos cinco centímetros de diámetro y diez de profundidad. Lo pone en marcha y se encara a mi frente, dos dedos por encima de donde me ha hecho la punzada. Aprieta con fuerza. Todo mi cuerpo tiembla ante el engendro mecánico, la broca comienza a comerse el hueso y a hundirse más en mi cabeza, llega a mi cerebro y arrasa con él, después el movimiento contrario y hacia fuera.
-Bonito agujero.-Dice el doctor. Extiende una mano hacia la enfermera.-La carne.-Le ordena.
Le acerca una chuleta que parece ser de buey. No presenta un muy buen estado, tiene algunas partes grisáceas. Hace un puñado con él, rellena el agujero que tengo en la cabeza con ella, lo empuja hacia dentro, parece que se resiste, mete los dedos, hurga, saca restos de huesos, sigue trabajando hasta que no se mueve de allí.
-Todo un éxito, creo.-Dice el doctor.-Ahora veamos si realmente ha funcionado.
Levanta una mano y me enseña tres dedos.
-¿Cuántos ves?-Me pregunta.
-Nosotros nueve.-Le contesto.
El doctor me sonríe, satisfecho, se lleva una mano a las gafas y se las quita, triunfante, acariciando una de las patillas en su descolgado moflete.

11 agosto 2009

(In) Dislate (conexo)



Gravito dentro de mí. Espoleo los restos de encendida memoria, deseo pronto sin ser ni estando tan cerca de otro yo. Reflejo de recuerdo en las heces inmutas en un giro de la mirada de los ojos celosos.
Lodo de carne descompuesta.
Reviento aparte de mí. La vuelta de un guante resulta de la ruta certera en las alimañas que comen los poros salinos de mi piel estirada al sol. Denuedo y deseo en retales humanos y pequeños fragmentos de voces sin sonido, destello de calor.
Sangre de hambre bebe.
Reflujo de flujo ni contigo ni sin mí. Siniestro no miento del cuando que hace en mente motivada. Canciones de vuelta caminos resueltos de piedras tirantes en golpes de espuela detienen el aire del único pulmón.
Vida que no crece ni mece.
Estado finado las pupilas en ti. Halago los días de cruenta batalla paseando en campos de roces y flores que habitan sus fauces de dientes podridos tragando los dedos de uñas restañadas. Sediento de viento en miles y cientos espero las luces clavando las cruces en pechos abiertos conversando antes de morir.
Gravito dentro de mí.


Escuchen música:




Gravito dentro de ti.

20 julio 2009

Firma invitada: Pupila Vertical





Pues sí, como digo, hoy tenemos invitada. Se trata de Pupila Vertical y nos ofrece dos excelentes textos.

A disfrutar.



Tras succionar el deambulante acero, los alaridos del andén desorientado te enroscan las piernas inmóviles. Escuchas el avance regresivo del discurso en los basureros públicos; bauticemos pupilas en la calle, miserable calle de pendientes, calles atiborradas, calles largas, calles de carne, calles de células, calles de cemento, de cerebro, de cielo raso, de cinco agujas, cinco torres altas.


Salimos a conocer el mundo ya cristalizado por el delito de nacer. Doy media vuelta a los edificios más altos de espaldas al cielo, cargando con tu esperma. Estoy cansada, estoy sentada. Grito de nuevo intentando hurgar en los intestinos de los juguetes de latón.


En la cama resbalas sobre mis entrañas, mis horizontes, mis manos pequeñas, mis mejillas, mis músculos, mis ojos, mis piernas, mis pies. Errante fetiche de marfil, que entras por mis párpados raquíticos y en el veneno de tu masturbación te veo desaparecer. Tras la umbría vagina te observo con ojillos táctiles, y te enseño los dientes. Las ninfas han vomitado doce lunas y te busco una solución a medida: abro la boca.



EN la habitación nº 26



Aforismos EN tu piel escondida


Ácido decantado


Ansiosa dilación


Retiñen las voces


Reálzate EN tu ................................................................................... vacío




..................................................................y EN la habitación,

espejos dilatantes,

ventana pintada y verde humor azulado

.......................ángulos reflectantes,

sudor enfriado y vapores de temor edulcorado



...................................................................y crees desconocer

lo tantas veces vertido,

diseminado EN tus 26 alas


....................................................................y EN la habitación

juego a muerte entre paredes.

Frontales empujan;

laterales, no ceden.

Preceptuada armonía que te consigna.
 

Mi carne en este Maldito Fuego © 2009